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viernes, 31 de octubre de 2014

CONTEXTUALIZACION FILOSOFICA DE SAN AGUSTIN





AGUSTIN 4.2



El neoplatonismo es una sistematización de la filosofía y de ideas religiosas orientales, se utilizó para revitalizar el politeísmo y frenar la propagación del cristianismo. Muchos filósofos neoplatónicos escribieron libros contra los cristianos. El mundo intelectual intentó demostrar que el paganismo no estaba acabado. Invocando la autoridad de Platón, a quien los cristianos reverenciaban, pretendían mantener a los dioses y los ritos paganos.

En los escritos de Plotino, san Agustín descubrió algo fundamental para la historia del pensamiento occidental: Dios y el alma son realidades inmateriales. Casi todos los filósofos antiguos habían sido materialistas. La conversión filosófica de Agustín al neoplatonismo introduce definitivamente el inmaterialismo en la filosofía posterior. El neoplatonismo permitirá a san Agustín explicar la existencia del mal sin recurrir al dualismo maniqueo. Las cosas ni son absolutamente ni no son absolutamente. Existen porque tienen el ser de Dios, no son absolutamente porque no son lo que es Dios. Las cosas tienen un grado de bondad, pero son corruptibles. Todo lo que existe es bueno, el mal no es una sustancia, sino una privación del bien.

En el neoplatonismo aparece una forma de trinidad divina. El Uno es absolutamente transcendente: está «más allá del ser y la substancia») y, por tanto, «más allá de la mente y la ciencia»: es inefable e incomprensible. El modo como todo procede del Uno es una emanación que deja al Uno inalterado. La emanación no es propiamente «creación» (en el sentido cristiano). A partir del Uno por emanación surge el Nous (Inteligencia), que conoce al Uno y a sí mismo y a todas las cosas, pero no en una idea, sino en multiplicidad de ideas. En el Nous se encuentran las Ideas platónicas y equivale al mundo inteligible. Del Nous emana el Alma del mundo, que no conoce al Uno, y de la que proceden todas las almas y formas de los seres sensibles. Ella anima el alma de todo lo viviente y así gobierna todo, como Providencia que origina un cosmos armónico y bello.

El hombre, como alma en un cuerpo, es el centro del cosmos. Y es en él como se inicia el proceso de retorno al Uno. Se trata de que el hombre entre dentro de sí mismo, vuelva a la interioridad: «El sabio saca de sí mismo lo que revela a los demás y mira hacia si mismo, pues no sólo tiende a unificarse y aislarse de las cosas externas, sino que está vuelto hacia si mismo y encuentra en si todas las cosas».

San Agustín es el representante más importante de la patrística, que se extiende desde el cristianismo primitivo hasta el siglo VIII. 
La patrística usó la filosofía para esclarecer la fe, fijando el dogma en la lucha contra las herejías, y para justificar la fe en un mundo hostil. San Agustín es una figura central en ambos aspectos, su influencia es extraordinaria durante toda la Edad Media. Su obra supone la primera gran síntesis entre el cristianismo y la filosofía platónica.

El agustinismo es un conjunto de doctrinas filosóficas y teológicas inspiradas en san Agustín. Algunos de sus temas más característicos son cuestiones religiosas, como la disputa sobre la gracia y la predestinación. Quizá la característica más importante del agustinismo sea la preeminencia de la fe sobre la razón, que influye en toda la filosofía medieval.


Su inspiración neoplatónica entró en colisión y disputa con el aristotelismo que se difundió en el s. XIII. La teoría de la iluminación interior se opuso a la teoría de la abstracción, defendida por Tomás de Aquino.

La doctrina de las dos ciudades dio origen al agustinismo político. El agustinismo político torciendo el sentido de la enseñanza agustiniana, impondrá al Estado el deber de subordinarse a los fines de la Iglesia. La doctrina de las dos espadas, establece la separación de poderes entre la esfera temporal y la  espiritual y la superioridad de la potestad espiritual del Papa sobre la temporal del emperador.
La filosofía de la historia de san Agustín dió lugar a una visión lineal de la historia que derivó en la Edad Moderna a la idea de progreso.













jueves, 15 de septiembre de 2011

CONTEXTUALIZACION 4.1 SAN AGUSTIN






LA CIUDAD DE DIOS

Su título latino original es De civitate Dei contra paganos, es decir La ciudad de Dios contra los paganos. Es una obra enciclopédica y desordenada. Se tratan temas muy diversos, como la naturaleza de Dios, el martirio o el judaísmo, el pecado, la muerte, la ley, el tiempo, la Providencia, el destino y la historia, entre otros muchos más. En ella se explica el sentido de la Historia, desde la creación del mundo hasta el Juicio final. Es una historia lineal y no circular, en contra de la concepción griega, dividida en seis edades, correspondientes a los seis días bíblicos de la creación del mundo. 
 
Está dividida en dos partes. Los primeros diez capítulos atacan las opiniones de los que creen que el culto a los dioses paganos tiene utilidad en esta o en la otra vida. Roma se tambalea no por culpa de los cristianos, sino por las miserias del paganismo. Pero no arrastrará consigo sino sus propios pecados. El triunfo de la Ciudad de Dios está asegurado. 
 
Los últimos doce capítulos tratan del origen de las dos ciudades, de la creación y del origen del mal, de su desarrollo y de su desenlace. Al hablar Agustín en el libro XI de Dios, de su bondad y de la creación, compara a la Trinidad con el alma humana y esto le lleva a las tres verdades que podemos descubrir por autoconocimiento. 



El amor permite dividir a la Humanidad en dos “ciudades”: 
 “Dos amores fundaron dos ciudades. El amor propio hasta el desprecio de Dios fundó la ciudad terrena. Y el amor de Dios hasta el desprecio de si mismo fundó la ciudad celestial. La primera se gloria en sí misma y la segunda en Dios. Porque aquélla busca la gloria de los hombres y ésta tiene por máxima gloria a Dios” (La ciudad de Dios IV, 28) 

La historia de las dos ciudades tiene como preámbulo la de las dos ciudades ultraterrenas: la de los ángeles sujetos a Dios con sumisión y amor y la de los demonios desventurados y rebeldes.  La ciudad terrena procede del fraticidio de Caín, mientras que la de Dios tiene su comienzo en Abel. Las vicisitudes de los Patriarcas, de Moisés y de otros personajes bíblicos semejantes, muestran la ciudad de Dios en su peregrinación. La ciudad terrena se desenvuelve, después de Noé y la dispersión de los pueblos, en las grandes monarquías orientales y en Roma.

La tesis es que desde la venida de Cristo se vive en la ultima edad, pero que la duración de ésta sólo Dios la conoce. No hay por qué pensar que se acerca el fin del mundo. El Imperio romano no es nada definitivo. El marco de la Historia es mucho más amplio. Es la lucha de dos ciudades que existen desde los tiempos de Caín y Abel, y que, por tanto, no coinciden con Roma y la Iglesia: la ciudad de los justos y predestinados, y la ciudad de los pecadores y reprobados por Dios. 

En la historia humana es imposible separar la ciudad terrena de la ciudad celeste. La Iglesia, la Ciudad de Dios, albergar también hombres carnales, aunque tal vez deseosos de redención. De ahí surgen las persecuciones, las herejías, los escándalos que tienen una función beneficiosa.

Ambas subsisten mezcladas, hasta que en el Juicio final se produzca la separación definitiva y el triunfo de la Ciudad de Dios. Nada seguro se sabe acerca de cuándo vendrá ni cómo se desarrollará. Desde luego, el juez será el Cristo glorioso, y la última fase de la historia humana estará muy agitada por luchas espirituales y acontecimientos físicos gigantescos; y ciertamente el fin y el juicio representaran una regeneración. 

El resultado final de las dos ciudades será felicidad eterna para una, infelicidad eterna para la otra. La felicidad tiene un carácter transcendental, divino. Los seres humanos no pueden alcanzarla por sus propios medios: la vida humana es desorden, apasionamiento, violencia. La racionalidad y la paz no son de este mundo. Los santos tendrán la bienaventuranza eterna; no sólo para las almas que contemplarán a Dios, sino también para los cuerpos que resucitarán a una vida diferente de la terrena. La forma de la resurrección no está clara.

Se considera a San Agustín el fundador de la filosofía de la historia. La Ciudad de Dios es el primer intento de coordinar los acontecimientos históricos y el progreso de la humanidad, la lucha incesante entre las dos ciudades y la providencia de Dios. Todo progreso de la humanidad se realiza en el sentido de un aumento de la ciudad celeste a expensas de la ciudad terrena. San Agustín nos ofrece una visión de la historia universal a la luz de los principios cristianos. En esta historia, ni el azar, ni el destino o la fortuna representan papel alguno, ni los decisiones o las pasiones de los seres humanos; porque todo está ordenado por Dios, sin que limite la libertad del hombre.








EVOLUCION DE AGUSTIN DE HIPONA

(mezcla 4.1 y 4.2)



Aurelio Agustín nació en Tagaste (en la provincia romana de Numidia; hoy, Argelia), de padre pagano y madre cristiana. Allí hizo sus primeros estudios, que tuvieron una importante laguna: nunca llegó a dominar el griego, y sólo pudo conocer a los grandes filósofos a través de traducciones al latín.

En Cartago estudió retórica y allí descubrió la filosofía mediante la lectura del Hortensio de Cicerón. Decidió, entonces, buscar la sabiduría. La buscó primero en el cristianismo: para los cristianos del siglo IV Cristo era la Sabiduría de Dios. Pero la lectura de la Biblia le decepcionó. Entonces ingresó como oyente en el grupo maniqueo de Cartago.


Según los maniqueos existen dos regiones, la de la luz y la de las tinieblas. Las dos son igualmente poderosas y tienden a expandirse. Cuando entran en contacto se obstaculizan mutuamente, de éste choque surge el tiempo y el mundo. La historia se caracteriza por el intento del Bien de desligarse del Mal. El Mal no puede ser absorbido por el Bien. Agustín continuó como oyente del maniqueísmo durante nueve años. Pero se desilusionó relativamente pronto; era una doctrina simplista, que predicaba la impotencia y pasividad del bien ante el mal, y en la cual no era posible hacer progreso alguno.



El maniqueísmo le ofrecía indudables atractivos. Tenía el aspecto de una doctrina más culta, unía elementos cristianos y paganos, ofrecía una iluminación del alma e identificaba el bien con la luz. Además, a un espíritu como el suyo, atormentado por la lucha moral, le ofrecía una respuesta al problema del mal: «Me parecía que no éramos nosotros los que pecábamos, sino que era no sé qué naturaleza extraña la que pecaba en nosotros (Conf, V, 10. l8).

En 383 Agustín marchó a Roma como profesor de retórica, y al año siguiente Milán, donde había obtenido el nombramiento para el mismo cargo. Allí Agustín volvió a Cicerón y, a través suyo, al escepticismo de la Academia nueva: «pensé que los filósofos académicos habían sido los más prudentes al tener como principio que se debe dudar de todas las cosas, y que ninguna verdad puede ser comprendida por el hombre» (Conf V, 10, 19).
 
Milán, situada estratégicamente en el cruce de caminos que pasaban por los Alpes, era la residencia de la corte imperial y un centro brillante de cultura, donde se conocía bien a Platón y el neoplatonismo. La figura más influyente era el obispo Ambrosio, cuyos sermones fascinaron a Agustín. Ambrosio, que conocía bien a Plotino, Filón y Orígenes -sabía griego- practicaba una interpretación alegórica de la Biblia (en el relato de la caída, por ejemplo, la serpiente, la mujer y el hombre eran considerados, como figuras de la delectación, la sensualidad, y el entendimiento que se deja arrastrar por los sentidos). De este modo, Agustín pudo aceptar los escritos bíblicos.

Además, conoció los escritos de Plotino. En ellos descubrió algo fundamental para la historia del pensamiento occidental: Dios y el alma son realidades inmateriales. Casi todos los filósofos antiguos hablan sido materialistas. La conversión filosófica de Agustín al neoplatonismo introduce definitivamente el inmaterialismo en la filosofía posterior.

El neoplatonismo permitirá a S. Agustín explicar la existencia del mal sin recurrir al dualismo maniqueo. Todo lo que existe es bueno, el mal no es una sustancia, sino una privación del bien.












viernes, 19 de noviembre de 2010

SAN AGUSTIN BASICO




ESCEPTICISMO ACADÉMICO Y CERTEZA DE LA PROPIA EXISTENCIA básico

Pirrón de Elis fundó la primera escuela escéptica. Su pensamiento fue recogido por la Academia nueva. El escepticismo tiene dos partes, una teórica según la cual no hay ninguna verdad segura, y otra práctica, como consecuencia desaparece toda inquietud, alcanzamos la serenidad de ánimo, que nos permite alcanzar la felicidad.

“Nada es más”, este es el lema del movimiento escéptico, ninguna cosa es más cierta o más falsa, ni mejor ni peor. Los argumentos escépticos se basan en que todas nuestras percepciones tienen un valor relativo, sólo nos permiten conocer la apariencia de las cosas. Nuestras opiniones son convencionales se basan en la costumbre, lo que otros han repetido previamente. La única postura sensata es suspender el juicio.
Una persona escéptica diría siento frío pero no hace frío, ya que sólo puede saber que el/ella tiene frío o calor. A esta postura de no emitir juicios sino exclusivamente opiniones, se la llamó suspensión de juicio.


La suspensión del juicio no significa abandonar la crítica. El filósofo dogmático cree que posee la verdad, el filósofo escéptico se define como un buscador de la verdad, pero afirma que es imposible encontrarla. Su principal tarea es destruir los argumentos dogmáticos.

San Agustín piensa que la verdad no hay que buscarla en el exterior por medio de los sentidos, sino reflexionando y buscando la verdad en nuestro interior. (Ver Sabiduría e iluminación). Así se superan los argumentos escépticos. La búsqueda de la verdad debe comenzar por la evidencia de sí mismo, todas las mente se conocen a sí mismas con total certeza.

“Somos, conocemos que somos y amamos este ser y este conocer”. Quien duda de la verdad sabe que duda, por tanto que vive y piensa. Por tanto partiendo de la duda llegamos a una verdad. La búsqueda de la verdad no puede detenerse ahí, debemos encontrar verdades necesarias y eternas. El alma es imperfecta sólo Dios es la verdad. El alma debe elevarse sobre sí misma, puede encontrar la verdad gracias a la iluminación divina, aunque no es fácil comprender en qué consiste. Gracias a ella nuestra razón alcanza las verdades eternas, que están en la mente de Dios.

San Agustín se anticipó a Descartes, pero no le interesaba la existencia del mundo exterior, por lo tanto sus conclusiones son distintas.





AMOR A LA EXISTENCIA Y AMOR AL CONOCIMIENTO básico



El amor a la existencia se ve en que todos los seres de la naturaleza luchan por sobrevivir y evitan la muerte. El ser humano más miserable preferiría vivir eternamente en su miseria a morir.



El amor al conocimiento sólo se manifiesta en el ser humano, pues cualquiera prefiere lamentarse a alegrarse en la locura. Los animales tienen sentidos más desarrollados que nosotros, pero carecen de razón, Podemos usar la razón gracias a la iluminación de Dios.


Los amores deben situarse en un orden correcto: en la cúspide se halla el amor a Dios y, por debajo, sucesivamente, el amor al prójimo, el amor a uno mismo y, por último, el amor al cuerpo. San Agustín atribuye a los bienes temporales un valor relativo: el cuerpo debe someterse al alma y el alma a Dios.


Si fuésemos animales sólo podríamos amar las cosas sensibles. Nosotros hemos sido creados a imagen de Dios, que es la eternidad, la verdad y el amor. Si nos volvemos hacia El no moriremos y no nos equivocaremos. Los seres humanos buscamos la felicidad de diferentes modos, esto lleva al relativismo moral, si nuestro amor a dios es bastante intenso encontraremos el camino a la verdadera felicidad.


La posibilidad de volver a Dios está en nuestra alma, pues es la imagen de la Trinidad. “Yo soy, yo conozco, yo quiero. Soy en cuanto se y quiero, se que soy y quiero, quiero ser y saber (amo mi existencia y el conocimiento)”. Son tres facultades distintas pero están íntimamente unidas, lo mismo que las tres personas de la Trinidad. Esta semejanza del alma con la Trinidad nos permite llegar a Dios, pero no lo garantiza. El ser humano es en primer lugar un ser carnal, que nace, crece, envejece y muere. Pero también puede ser un hombre nuevo, renacido espiritualmente, que puede alcanzar la eternidad.


La concepción del amor de san Agustín no se agota en su dimensión natural. Dios ha creado el mundo por amor. Todas las cosas son buenas porque las ha creado Dios. Dios no es la causa de ningún mal, lo permite, porque Él puede sacar bien del mal. El mal surge porque nos volvemos hacia lo material, la materia no es mala, la ha creado Dios. El mal es la negación del amor a Dios.

El mal físico, las enfermedades y la muerte, son la consecuencia del pecado original. Adán y Eva en el paraíso estaban en perfecta armonía con la naturaleza, eran  inmortales, no sentían dolor ni pena, sus pasiones estaban sujetas a la razón y su conocimiento no tenía error. No fue el cuerpo el que hizo pecadora al alma, sino que el alma pecadora hizo corruptible al cuerpo.









EL HOMBRE COMO IMAGEN DE DIOS básico

San Agustín se esfuerza en hacer tan inteligible como pueda a Dios, que aunque se ha revelado, permanece al mismo tiempo incomprensible. Este conocimiento debe ayudarle a alcanzar un amor más profundo a Dios.
Resulta imposible definir a Dios, es más fácil saber lo que no es, que saber lo que es, si las criaturas son mudables, Dios debe ser inmutable.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, para que fuera feliz en la tierra, alabando a Dios y dominando la naturaleza, según nos dice la Biblia. Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, por eso sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua y le dió alma. El hombre es el único ser que tiene cuerpo y espíritu. El hombre ocupa un lugar intermedio en el cosmos entre los animales y los Ángeles, entre el mundo material y el mundo espiritual. Por la razón nos hace superiores a todos los animales.

El ser humano es una unidad. El cuerpo no es la prisión del alma, pues todo lo que ha creado Dios es bueno. El ser humano no es una sustancia resultado de la fusión de otras dos diferentes, como más tarde se dirá en la Escolástica. La unidad consiste en que el alma posee al cuerpo, lo usa y lo dirige. El ser humano propiamente es el alma.

El alma es inmortal pero no es eterna, como pensaba Platón. San Agustín no da una respuesta clara al origen del alma: Según el traducianismo de Tertuliano el alma es engendrada por los padres igual que el cuerpo. Según el creacionismo de san Jerónimo Dios crea el alma en cada nuevo nacimiento. Sin duda el alma de Adan y de Cristo fueron creadas por Dios, pero lo rechaza para las demás almas por la existencia del pecado original, pues Dios crearía almas imperfectas.

El hombre es imagen de Dios en su interior. El alma es imagen de la Trinidad. No es de la misma sustancia pero es la más semejante a Dios de todas las criaturas. El alma también es una y trina, pues es una mente que se conoce y que se ama. La mente, su conocimiento y su amor son tres cosas, pero están íntimamente unidas. En el alma se distinguen tres facultades autónomas, pero cada una comprende a las otras. Las tres facultades son la memoria, la inteligencia y la voluntad. Recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad, se que entiendo, quiero y recuerdo, y quiero querer, recordar y entender.

Entre Dios que conoce todo a la vez desde la eternidad, y lo material que pasa sin cesar, está el alma humana que retiene el pasado, de este modo surge el tiempo. La identidad del alma se basa en la memoria. La memoria posibilita la vida interior, aunque el espíritu humano es demasiado profundo para llegar a comprenderlo totalmente. “Soy un enigma para mi mismo”.


Agustín da tanta importancia al amor como al conocimiento. El amor culmina el movimiento del alma iniciado con el conocimiento. El amor es una fuerza ascendente que lleva al alma hasta Dios, donde encuentra la felicidad. Conocer es amar y amar es conocer. El error no es sólo un fallo de la mente, el error es también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual. El engaño más difícil de vencer no es el de los sentidos, sino el del intelecto, el orgullo filosófico hace que la razón se crea autosuficiente. Las causas principales de error son el orgullo intelectual, la búsqueda del placer y el egoísmo. Lo único que puede salvar a la razón es que reconozca sus limitaciones, la gracia de Dios puede liberarnos del error.

Así el alma nos permite concebir aproximadamente la trinidad divina. El Padre se conoce a si mismo y genera al Hijo, la relación entre ambos es el amor del padre y el Hijo, el Espíritu Santo. Por la memoria imita el alma la unidad y eternidad que es la característica del Padre, por el conocimiento imita el alma la sabiduría que es la característica del Hijo, por el amor imita el alma la felicidad, que es la característica del Espíritu Santo.

En la trinidad hay absoluta igualdad, no existe jerarquía ni funciones diferentes. No se puede considerar al padre como más importante. Las tres personas divinas actúan inseparablemente. La Trinidad es el único Dios verdadero. Una sola cosa es tan grande como tres, son infinitas, cada una de ellas está en cada una de las otras, todas están en todas y todas son una sola cosa.

El conocimiento del hombre y el conocimiento de Dios se iluminan recíprocamente, el objetivo de la filosofía de san Agustín es conocer el alma a través de Dios y a Dios a través del alma.





SABIDURÍA E ILUMINACIÓN básico

El cristianismo traía una nueva forma de entender el mundo que resultaba extraña a la cultura grecorromana. Desde el principio, se planteó el problema de la relación de la nueva religión con la tradición filosófica. Algunos cristianos consideraban que la sabiduría cristiana era totalmente incompatible con la sabiduría pagana. San Agustín pensaba que el cristianismo podía aprovechar los elementos positivos que se encontraban en los filósofos para elaborar una nueva sabiduría, centrada en la fe en Cristo.


La filosofía de San Agustín es una búsqueda hacia el interior y hacia arriba. “Quiero conocer a Dios y al alma”. La búsqueda de la verdad debe comenzar por la evidencia de uno mismo. Así se puede superar la duda escéptica de la Academia nueva. “Somos, conocemos que somos y amamos este ser y este conocer...pues si me engaño existo...como conozco que existo, así conozco que conozco. Y cuando amo estas dos cosas, les añado el amor mismo, algo que no es de menor valía”.

Pero la búsqueda de la verdad no se detiene en esta certeza, Agustín busca una verdad necesaria, inmutable, eterna. No la podemos encontrar en las cosas sensibles, que están siempre cambiando. También el alma es imperfecta, sólo Dios es la verdad. Debemos buscarlo en el interior, allí de donde proviene la luz de la razón, que nos permite hacer juicios usando las verdades eternas. Las ideas eternas provienen de Dios y llegan al alma por iluminación. No es fácil comprender esta iluminación divina. El cristianismo rechaza la reminiscencia y la reencarnación, para Platón conocer es recordar. Mucho más tarde Descartes hablará de ideas innatas que pone Dios en nuestra alma.

El pensamiento, mens, es la parte superior del alma y se compone de ratio e intellectus. Por el intellectus el pensamiento recibe la verdad por iluminación, la razón superior o intellectus proporciona sabiduría o conocimiento filosófico. La razón inferior o ratio juzga sobre el conocimiento sensorial, utiliza las ideas eternas para hacer juicios, que son la base de la ciencia, por ejemplo “el roble tiene buena madera”. Ocupa un lugar intermedio entre la sensación y el intellectus y sirve a las necesidades prácticas de la vida. La sensación es el primer grado de luz del espíritu, pero sólo produce opinión, los sentidos captan la multiplicidad pero no la unidad.


El hombre es imagen de Dios en su interior. El alma es imagen de la Trinidad. El alma también es una y trina, pues es una mente que se conoce y que se ama. La mente, su conocimiento y su amor son tres cosas, pero están íntimamente unidas. En el alma se distinguen tres facultades autónomas, pero cada una comprende a las otras. Las tres facultades son la memoria, la inteligencia y la voluntad. Recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad, se que entiendo, quiero y recuerdo, y quiero querer, recordar y entender.

Agustín da tanta importancia al amor como al conocimiento. El amor culmina el movimiento del alma iniciado con el conocimiento. El amor es una fuerza ascendente que lleva al alma hasta Dios, donde encuentra la felicidad. Conocer es amar y amar es conocer. El error no es sólo un fallo de la mente, el error es también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual. El engaño más difícil de vencer no es el de los sentidos, sino el del intelecto, el orgullo filosófico hace que la razón se crea autosuficiente. Las causas principales de error son el orgullo intelectual, la búsqueda del placer y el egoísmo. Lo único que puede salvar a la razón es que reconozca sus limitaciones, la gracia de Dios puede liberarnos del error.

No existe una distinción clara entre razón y fe, la fe no está en conflicto con la razón, no es irracional. La razón nos permite comprender la fe. Pero debemos buscar la inteligencia que da la fe, “cree para comprender”, Sólo hay una verdad que se alcanza plenamente con la fe. Dios es el fundamento de toda verdad. Cuando la razón es iluminada por la fe, se alcanza la verdadera sabiduría, que es la religión cristiana.


Aunque los filósofos paganos trataron de ascender desde la creación visible hasta la realidad invisible de Dios, desembocaron en la idolatría, que adora ídolos materiales. El motivo de este error consiste en que filosofan sin tener a Cristo como mediador.

La razón en solitario desemboca en el absurdo y el escepticismo. La razón tropieza inevitablemente con sus límites. Los argumentos escépticos sólo son válidos para los que basan la verdad en el conocimiento sensible. Para alcanzar la verdad es necesario purificar la mente y la voluntad, para eliminar el apego al mundo y al cuerpo.




viernes, 30 de octubre de 2009

Contextualización historica de san Agustín



INTRODUCCION


Tradicionalmente, se sitúa el año 476 como fecha de la caída del Imperio Romano e inicio de la Edad Media, El Imperio Romano de Oriente continuó hasta la caída de Constantinopla en 1453, fecha que se usa como fin de la Edad Media e inicio del Renacimiento. 

El Bajo Imperio Romano es el período histórico que se extiende desde el acceso al poder de Diocleciano en 284 hasta el fin del Imperio Romano de Occidente en 476.

Tras los siglos dorados del Imperio Romano, período denominado Pax romana, (siglos I a II), el Imperio entró en una profunda crisis. 


 El ejército ordinario apenas podía guarnecer las fronteras en tiempos de paz. Si un punto era atacado sólo podía ser reforzado con tropas que defendían otra zona de la frontera. Para solucionar este problema se incorporaron tropas bárbaras al ejército. Lo que llevó a que se adoptaran paulatinamente sus tácticas, como consecuencia la infantería perdió importancia frente a la caballería, que estaba constituida por tropas de extranjeros. Además los bárbaros tenían tendencia a desertar para unirse a las fuerzas invasoras. 

Además existía anarquía militar, caracterizada porque la guardia pretoriana se rebelaba para deponer al emperador, y los ejércitos provinciales para elevar a su comandante a la dignidad imperial, dando lugar a guerras civiles. 











En el siglo III el Imperio había cesado su expansión y el estado ya no contaba con riquezas obtenidas de las conquistas militares. La crisis económica se caracterizaba por una gran inflación y un declive de la agricultura, la industria, el comercio, el medio urbano y el sistema esclavista. El hambre, las epidemias y la inseguridad se apoderaron del Imperio. Esto unido a la presión externa de las tribus bárbaras (extranjeras) acabaría por destruir al Imperio de occidente.


EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO ROMANO

Durante los siglos II y III, se produjeron grandes cambios religiosos en el Imperio. El desorden e inseguridad de la época provocaron la retirada hacia la vida interior. Además la religión oficial, muy ligada al desprestigiado gobierno del imperio, era incapaz de solucionar los problemas del pueblo. 

En Roma la divinidad formaba parte de la comunidad política. Virgilio liga la fundación de Roma a los mismos dioses. Los emperadores eran considerados dioses. La concepción cristiana,  proclamaba la transcendencia de Dios y arruinaba este universo cerrado sobre sí mismo.

En muchas épocas de crisis, se acusa a un grupo minoritario de todas las desgracias, en este caso fueron los cristianos. Ajenos al culto imperial y a la vida religiosa cotidiana del imperio, se decía de ellos que eran los que arruinaban las relaciones ente los hombres y las divinidades, provocando desgracias.

El cristianismo poseía una fuerte carga revolucionaria: oponía el Reino de Dios al reino del César, y en el Apocalipsis la Jerusalén celestial se contrapone a Babilonia, que no es sino la misma Roma.
La segunda venida de Jesús traería un mundo nuevo.
Además el cristianismo se considera depositario único de la verdad. Los cristianos resultan extraños ideológicamente para los romanos, esto explica en parte las persecuciones del Imperio hacia el cristianismo. 

Roma toleró los cultos de los pueblos conquistados siempre que no intentaran hacer prosélitos entre los ciudadanos romanos. El cristianismo se extendía rápidamente y no sólo entre las clases bajas. No era el credo tradicional de un pueblo conquistado como ocurría con el judaísmo. No estaba claro si debían ser tolerados o perseguidos. Si no eran absorbidos o destruidos podían crear un estado dentro del estado.



En el 313 Constantino emitió el Edicto de Milán, una declaración de libertad de culto que restituyó todos los bienes confiscados a los templos cristianos.
El imperio, de manera inesperada, comenzó a convertirse para los cristianos no en un lugar de paso sino en algo que se contemplaba como propio.

En el año 380, el emperador Teodosio por el edicto de Tesalónica declaró al cristianismo como religión oficial del Imperio y prohibió el paganismo. Se clausuraron los templos paganos y se suspendieron los juegos consagrados a los antiguos dioses como los Juegos Olímpicos. En el 392 prohibió los sacrificios paganos.

A partir de 410, toma de Roma por Alarico; los paganos acusan al cristianismo de ser el responsable de la ruina del Imperio. Los mismos cristianos se sienten también preocupados: si Roma se hundía, ¿arrastraría consigo a la Iglesia? Agustín (354-430) se ve obligado a responder e infundir ánimos. Entre 413 y 426 escribe “La ciudad de Dios”.


La ética de Jesús incluía mandatos tan extremos como el de amar al enemigo, perdonar a los que nos han causado ofensas u orar por los que nos injurian. Todos los teólogos hasta inicios del siglo IV no sólo condenaron la guerra, sino que manifestaron que ningún cristiano podía servir en el ejército ni siquiera en tiempo de paz. Se condenaba de la misma manera que un cristiano se dedicara a la prostitución, como al tráfico de esclavos o a servir en el ejército. Semejante posición se vio regada con sangre. Mártires como Julio, un antiguo centurión, o Maximiliano prefirieron morir a servir en las filas del ejército.


Agustín de Hipona fue uno de los primeros teólogos que intentó conciliar las enseñanzas de Jesús con la defensa de un imperio que en buena medida era cristiano y que intentaba sobrevivir al asalto de bárbaros. Admitía el pacifismo privado (todos debemos perdonar a los que nos ofenden y orar por nuestros enemigos), aceptaba el pacifismo total de unos pocos (los monjes llamados a seguir el camino de perfección, por ejemplo) pero indicaba que el imperio no podía incorporar ese punto de vista como política pública y que su defensa era lícita. Aún más, los cristianos debían contribuir a ella como buenos ciudadanos.




Sabiduría e iluminación





El cristianismo traía una nueva forma de entender el mundo que resultaba extraña a la cultura grecorromana. Desde el principio, se planteó el problema de la relación de la nueva religión con la tradición filosófica. Algunos cristianos consideraban que la sabiduría cristiana era totalmente incompatible con la sabiduría pagana. San Agustín pensaba que el cristianismo podía aprovechar los elementos positivos que se encontraban en los filósofos para elaborar una nueva sabiduría, centrada en la fe en Cristo.


La filosofía de Agustín de Hipona es una continua búsqueda hacia lo más inte­rior de sí mismo y hacia lo más elevado de la realidad: “Quiero conocer a Dios y al alma”. Al proceder así, responde a sus propios impulsos y preocupaciones, y coincide con la dirección del pensamiento neoplatónico. Su doctrina será una síntesis de cristianismo y neoplatonismo.

El pensamiento que busca la verdad ha de comenzar por la evidencia de si mismo. Es así como se puede superar la duda de los escépticos de la Academia nueva. En la autoconciencia se encuentra un punto de partida irrebatible:

“Somos, conocemos que somos, y amamos este ser y este conocer. Y en estas tres verdades no nos turba falsedad ni verosimilitud alquna. No to­camos esto, como las cosas externas, con los sentidos del cuerpo [...] ni como damos vueltas en la imaginación a las imágenes de cosas sensibles [...] sino que, sin ninguna imagen engañosa de fantasías o fantasmas, estamos certísimos de que somos, de que conocemos y de que amamos nues­tro ser. En estas verdades me dan de lado todos los argumentos de los aca­démicos que dicen. ¿Qué? ¿Y si te engañas? Pues si me engaño, existo. El que no existe no puede engañarse, y por eso me en-gaño, existo. Luego si existo, si me engaño, ¿como me engaño de que existo, cuando es cierto que existo si me engaño? Aunque me engañe, soy yo el que me engaño, y por tanto en cuanto conozco que existo, no me engaño”

Pero la búsqueda de la verdad no se detiene en esta primera certeza. De acuerdo con la exigencia socrático-platónica, Agustín busca la verdad necesaria, inmutable y eterna, la cual no puede ser facilitada por los objetos sensibles, que siempre están cambiando, y aparecen y desaparecen. También el alma es con­tingente y mudable. Sólo Dios es la verdad. ¿Dónde se le podrá encontrar? Hay que seguir buscando en el interior del alma. El pasaje es famoso:

“No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior habita la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, transciéndete a ti mismo; mas no olvides que al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón. Encamina, pues, tus pasos alli donde la luz de la razón se enciende”.

Por tanto, la búsqueda va de lo exterior (las cosas) a lo interior (el alma); en ella se realiza el descubrimiento de «verdades, reglas o razones eternas (ideae, fomiae, species, rationes) que nos permiten juzgar sobre todas las cosas sensibles. Pero no se termina ahí: como esas verdades no pueden proceder del alma, que es mudable, sólo pueden explicarse por una iluminación divina (Agustín rechazó expresamente la reminiscencia platónica y la transmigración del alma). De este modo, la búsqueda en lo interior culmina en un movimiento hacia lo superior, del alma hacia Dios,

No es fácil comprender cómo concibe Agustín esa iluminación divina en el alma. Se inspira, sin duda en Platón (la Idea del Bien como “sol” del mundo inte­ligible), en las imágenes neoplatónicas de la luz. y en la afirmación del Evangelio de San Juan: “El Verbo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.

“Visible es la tierra lo mismo que la luz; pero aquélla no puede verse si no está iluminada por ésta. Luego tampoco lo que se enseña en las ciencias como verdades certísimas puede ser entendido sin la radiación de un sol especial. Así pues del mismo modo que en el sol visible podemos notar tres cosas -que existe, que esplende y que ilumina-, del mismo modo se han de considerar tres cosas en el secretísimo sol divino que deseamos conocer: que existe, que resplandece en el entendimiento, y que hace inteligibles todas las demás cosas” (Sobre la religión verdadera)

La luz divina es excesiva para el entendimiento humano; el Dios presente en el alma es incomprensible e inefable. Lo cual no quiere decir que no podamos saber nada de él, al menos de un modo negativo: si las criaturas son mudables, Dios debe ser inmutable. Y Agustín interpreta en sentido platónico la palabra di­rigida por Dios a Moisés en Exodo 3,14: “Yo soy el que soy”, equivale a decir que Dios es el Ser o la esencia inmutable. Platón debió de conocer de alguna manera el Antiguo Testamento, piensa Agustín.

Alma designa el principio animador del cuerpo, los animales tienen alma. El pensamiento (mens) es la parte superior del alma racional o humana y se compone de ratio e intellectus. Por el intellectus el pensamiento recibe la verdad que la luz divina le descubre al hombre. En el alma además de memoria, percepción y apetito existe el espíritu, la inteligencia y la voluntad.

La razón superior o intellectus es la facultad suprema de conocimiento del hombre, le proporciona la sabiduría o conocimiento filosófico, considera a las ideas eternas e inmutables en sí mismas, las descubre en el alma pero proceden de Dios. No provienen de las cosas que son mudables. Igual que en Platón la Idea de Bien es como el sol que hace visibles las cosas, Dios es la fuente de verdad y bondad.

Las ideas eternas son formas principales o razones permanentes de las cosas, no han sido formadas, son eternas e inmutables, se hallan en la Inteligencia divina. Entre ellas se encuentran ideas de carácter lógico y metafísico (verdad, falsedad, semejanza, unidad, etc); ideas de carácter matemático y de orden ético y estético (bondad, belleza, etc).

La razón inferior o ratio ocupa un lugar intermedio entre la sensación y el intellectus, sirve a las necesidades prácticas de la vida, juzga sobre el conocimiento sensorial, sobre lo sensible y temporal, por ejemplo "este árbol tiene buena madera". La ratio utiliza las ideas eternas para hacer juicios con los que hace ciencia.

Los objetos impresionan nuestro cuerpo al actuar sobre los sentidos. La estimulación de los sentidos es sólo una ocasión para que el alma tenga una sensación, las sensaciones son acciones del alma, no pasiones que sufre. El alma utiliza los órganos de los sentidos como instrumentos suyos. Lo material no actúa sobre el alma, sobre lo espiritual. La sensación es el primer grado de luz del espíritu, pero sólo produce opinión y ata a lo sensible e imperfecto. Los sentidos captan la multiplicidad pero no la unidad.

Agustín da primacía al amor y a la voluntad junto al conocimiento, lo que le permite unir elementos neoplatónicos y cristianos. El amor culmina el movimiento del alma iniciado en el conocimiento. El amor es una fuerza ascendente que lleva al alma a su lugar natural, Dios. La felicidad únicamente se halla en Dios. Conocer es amar y amar es conocer, pues son dos modos de nombrar al hombre total o entero.

El error no es sólo un fallo de la mente, una mera cuestión de lógica, el error es también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual. La razón es alterada por el poder de la voluntad. El error, lo mismo que el mal, es la negación del amor. El engaño más difícil de vencer no es el de los sentidos, sino el del intelecto, el orgullo filosófico hace que la razón se crea autosuficiente. La fuente de todo error está en el pecado original, en la condición pecadora del hombre. Las causas principales de error son el orgullo intelectual, la concupiscencia y el egoísmo, siendo el primero el más difícil de erradicar. Lo único que puede salvar a la razón es que reconozca sus limitaciones, pues sólo la gracia de Dios puede liberarnos del error.

Consecuentemente no existe una distinción clara entre razón y fe. La fe es la guía más segura. La fe no está en conflicto con la razón, no es irracional, el hombre debe buscar la "inteligencia" de la fe, "cree para comprender". Sólo hay una verdad que se alcanza plenamente con la fe. El conocimiento se fundamenta de arriba a abajo, del mismo modo que la filosofía platónica, siendo Dios el fundamento de toda verdad. La filosofía es búsqueda de la sabiduría que nos permite alcanzar la felicidad. Pero las verdades que se alcanzan sin la ayuda de la fe no llegan a satisfacer al hombre, pues no constituyen la verdad total a la que aspira. Cuando la razón es iluminada por la fe, se alcanza la verdadera sabiduría que es la religión cristiana.

Aunque los filósofos paganos trataron de ascender desde la creación visible hasta la realidad invisible de Dios, desembocaron en la idolatría, que adora ídolos materiales. El motivo de este error consiste en que filosofan sin tener a Cristo como mediador.
«Así pues, nuestra ciencia es Cristo; nuestra sabiduría es igualmente el mismo Cristo. Él nos implanta la fe respecto a las cosas temporales; él nos ofrece la verdad sobre las eternas. Por él avanzamos hacia él; por medio de la ciencia tendemos a la sabiduría; pero sin apartarnos del único y mismo Cristo, "en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3)»

La razón en solitario desemboca en el absurdo y en el escepticismo. La soberbia intelectual lleva a la impotencia y al perplejidad. La razón tropieza inevitablemente con sus límites. La filosofía es una actividad que sólo haya su cumplimiento en la fe. La fe libera a la razón de su soberbia, entonces la razón se abandona a la gracia y se entrega al amor, que es el acto del hombre en plenitud.

Los argumentos escépticos sólo son válidos para los que fundan la verdad en el conocimiento sensible. Para S.Agustín la verdad pertenece al ámbito inteligible y supone una purificación de la mente y de la voluntad, para eliminar el apego al mundo y al cuerpo. Está concepción se encuentra también en el platonismo.


El hombre como imagen de Dios

San Agustín se esfuerza en hacer tan inteligible como pueda al Dios, que aunque se ha revelado, permanece al mismo tiempo incomprensible. Este conocimiento debe ayudarle a alcanzar un más profundo amor a Dios.

Resulta imposible definir a Dios, es más fácil saber lo que no es, que saber lo que es, si las criaturas son mudables, Dios debe ser inmutable.

Según nos dice la Biblia, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, para que fuera feliz en la tierra, alabando a Dios y dominando la naturaleza. Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, por eso sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua y le dió alma. El hombre es el único ser que tiene cuerpo y espíritu. El hombre ocupa un lugar intermedio en el cosmos entre los animales y los Ángeles, entre el mundo material y el mundo espiritual. La razón nos hace superiores a los animales.

S.Agustín abandona la idea pitagórica de que el cuerpo es la prisión del alma, pues la encarnación del Verbo obligó a los cristianos a ensalzar el cuerpo humano. Agustín se muestra un tanto fluctuante. Fiel a la tradición bí­blica, considera al hombre como la unidad de cuerpo y alma. Pero cuando aborda la cuestión desde un punto de vista estrictamente filosófico adopta el dualismo platónico: “El hombre es un alma racional que se sirve de un cuerpo mortal y terreno” Por supuesto, rechaza la preexistencia del alma, la pluralidad de almas en el hombre y que la unión con el cuerpo sea consecuencia de un pecado anterior.

El ser humano es una unidad. El cuerpo no es la prisión del alma, pues todo lo que ha creado Dios es bueno. El ser humano no es una sustancia resultado de la fusión de otras dos diferentes, como más tarde se dirá en la Escolástica. La unidad consiste en que el alma posee al cuerpo, lo usa y lo dirige. El ser humano propiamente es el alma.

El alma no es eterna como pensaba Platón. Respecto al origen del alma, Agustín se confiesa incapaz de dar una solución adecuada. Dos eran las teorías que circulaban en aquel momento (además de la teoría platónica de la preexistencia y transmigración): el traducianismo de Tertu­liano (el alma es engendrada por los padres) o el creacionismo de San Jerónimo. Sin duda, piensa, el alma de Adán y la de Cristo fueron creadas por Dios; pero la existencia del pecado original le hace difícil admitir lo mismo para el alma de los demás hombres En general, se inclina por un traducianismo calcado del emanatismo de los neoplatónicos: el alma del hijo aparece “como se enciende una antorcha a partir de otra antorcha, de tal manera que, sin detrimento de un fuego, surge un nuevo fuego”.



El hombre es imagen de Dios en su interior. El alma es imagen de la Trinidad. No es de la misma sustancia pero es la más semejante a Dios de todas las criaturas. Los temas fundamentales para S.Agustín son el alma y Dios. Plantear el problema del hombre significa plantear el problema de Dios. El hombre no se encuentra plenamente si no se encuentra con Dios.

El alma humana es imagen de la Trinidad, porque también ella es una y trina, en la medida en que es mente, y como tal se conoce y se ama: “Por lo tanto, la mente, su conocimiento y su amor son tres cosas, y estas tres cosas no son más que una y, cuando son perfectas, son iguales.”

El amor culmina el movimiento del alma iniciado con el conocimiento. El amor es una fuerza ascendente que lleva al alma hasta Dios, donde encuentra la felicidad. Conocer es amar y amar es conocer. El error no es sólo un fallo de la mente, el error es también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual.

Las tres facultades del alma humana: la memoria, la inteligencia, la voluntad, juntas y cada una por separado, constituyen la vida, la mente y la substancia del alma. “Yo, dice Agustín, recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad; sé que entiendo, quiero y recuerdo, y quiero querer, recordar y entender”. Y recuerdo toda mi memoria, toda la inteligencia y toda la voluntad y de la misma manera, entiendo y quiero todas estas tres cosas; las cuales, pues, coinciden en lleno en su distinción, constituyen una unidad, una sola vida, una sola mente, y una sola esencia. En esta unidad del alma que se diferencia en sus facultades autónomas, cada una de las cuales comprende las otras, esta la imagen de la trinidad divina: imagen desigual, pero con todo imagen.

El alma nos permite concebir vagamente la trinidad divina. El Padre se conoce a si mismo y genera un verbum (el Hijo), la relación entre ambos es el amor del Padre al Hijo (el Espíritu Santo). Por la memoria imita el alma la unidad y la eternidad que es denominación apropiada del Padre, por el conocimiento imita el alma la sabiduría, que es denominación apropiada del Hijo, por el amor imita el alma la felicidad, que es denominación apropiada del Espíritu Santo.

En la Trinidad no existe diferencia jerárquica ni diferencia de funciones, sino absoluta igualdad. No pueda considerarse al Padre como Dios por excelencia, sino que debe considerarse que, en sentido absoluto, Dios es el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre, el Hijo y el Espíritu “son inseparables en el ser y, por eso, también actúan inseparablemente”; “La Trinidad misma es el único y exclusivo Dios verdadero”.

Entre Dios que es y conoce todo a la vez, y lo sensible que pasa sin consistencia alguna, está el alma, que retiene el pasado, de este modo surge el tiempo. La identidad del alma consigo misma es la memoria, imagen de la unidad y eternidad de Dios.


La psicología de Agustín destaca el papel de la memoria en la vida interior. No es ninguna casualidad que el análisis de esta facultad se encuentre al final del libro de las Confesiones, junto con el estudio del concepto de temporalidad. Gracias a la memoria, en efecto, el hombre consigue hacerse presente su propia intimidad y construir, a través del tiempo, su identidad personal:

«Mediante ella me encuentro conmigo mismo, me acuerdo de mi y de lo que hice, y cuándo y dónde y como, y de qué modo me hallaba afectado» (Conf, X, 8, 15).

La memo­ria pues, posibilita la vida interior y abre el camino de la introspección y de la búsqueda interior. Pero el abismo del espíritu es demasiado profundo para que pueda ser sondeado totalmente:

«¿Quién ha llegado a su fondo? A pesar de po­seer esta facultad, no consigo abarcar todo lo que soy» (X, 8,15).


«Soy un enigma para mi mismo. Abismo grande es el hombre» (V, 9, 22).


El conocimiento del hombre y el conocimiento de Dios se iluminan recíprocamente, y realizan a la perfección el proyecto del filosofar agustiniano: conocer a Dios y a la propia alma, a Dios a través del alma, y al alma, a través de Dios.